Manifiesto A8

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/m. Comienzo, principio.

A mis 7 añitos, resultado probablemente de alguna decisión azarosa, me tocó actuar en lo que desde aquella visión yo consideraba el “majestuoso” escenario de mi entrañable escuela primaria. El acto escolar nos convocaba junto a varios compañeritos de grado, como pilotos, como aviadores de nuestra propia (y casera) aeronave, homenajeando cierto patriotismo belicoso de una triste época de nuestra historia.

Como pasaba con muchas de las cosas en aquellos años, sobre todo con los juguetes (que no se conseguían en grandes tiendas ni shoppings, porque afortunadamente no existían aún) debía uno procurárselos, ser el mentor y creador. para este menester, sería entonces mi viejo, su tallercito (a cielo abierto, como el de su padre también) y sus incontables y heredadas herramientas quien, a costa de ingenio, planitos y papeles, haría realidad aquel desafiante y temerario autoportante-disfraz-juguete.

Unas cuantas horas, dedicación, ensayos y correcciones tuvieron finalmente su recompensa. Allí estaba… intrepido, imponente, único y totalmente a medida (a mí medida claro).

Listoncitos de madera, papel afiche y letras en glaseado articulados de manera austera y magistral se acoplaban a mis hombritos listos para carretear y surcar cualquiera de los cielos. Porque efectivamente asi fue, aunque las fotos de aquel evento parecen mostrarme bastante cerquita del suelo, yo estoy totalmente convencido señores, que ese y otros tantos días volé mi propio avión. Iniciaba con aquellos mágicos vuelos, la ilusión del “hacerlo por mano propia”. Mis juguetes, los disfraces, las historias. Martillar, pegar, pegar, pegar y martillar, escuchar la tenaza caer. Esconder la sierrita (acero carbono) rota para zafar del reto, oler a trapo engrasado, pinceles y kerosene. Inventario inagotable de realidades por crear, formas por hacer, formas por deshacer.

Hoy, unos cuantos años después, sin haber pisado nunca más otro avión (que sentido tiene si finalmente va a manejarlo un fulano) y con aquellas mismas herramientas lejos pero siempre a mano, se que no estoy listo aún para dejar de jugar. La misma inspiración, la misma curiosidad y la misma felicidad al crear aquello que puede, en manos de alguien más, dar forma a una sonrisa, una idea o una experiencia diferente e inolvidable. Porque sé que nadie va a tener nunca más mi avioncito, estoy jugando para compensarte.

A.